| María Elena |
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| Articulos - Maria Elena | |||||||
| Escrito por Carlos Carvallo | |||||||
| Sábado, 28 de Noviembre de 2009 14:14 | |||||||
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Buscando un pedazo de la tan esquiva sombra que el sol se empeñaba en esconder y cansado de una larga y agotadora jornada de mi reencuentro con María Elena, al fin encontré un árbol donde poder descansar, pasaron veinte largos minutos en que cerré mis ojos y mis pensamientos comenzaron a volar, rápidamente los vuelvo a abrir, se me vino a la cabeza que me encontraba en un lugar conocido, una gruesa rama que creció hacia abajo me dio la pauta, ¡yo jugué aquí!, era mi viejo árbol, donde acampábamos por las tardes junto a un grupo de scout preparándonos para cumplir con nuestras pruebas, el mismo al que recurríamos para pololear o para ajustar cuentas de manera infantil, era “El Árbol Solitario”. Qué alegría, parte de mí volvía a ser un niño, mis ojos vidriados abrían la puerta de los recuerdos, de los propios y de las muchas personas con las que compartí en María Elena, mi oficina salitrera, el orgullo de saber que aún vive y que es única en el mundo entero.
Coya Norte, construida por el ingeniero E. A. Cappelen Smith creador del nuevo sistema de extracción y procesamiento del salitre llamado Guggenheim (Apellido de la familia inversionista y dueña de los terrenos). Coya Norte inicia su marcha el 26 de noviembre de 1926, pero años más tarde cambia su nombre por la de María Elena en honor a la difunta esposa de Cappelen. Les cuento esto para invitarlos a recordar conmigo lo que fue mi niñez, lo que viví, lo que me contaron y lo que veo hoy.
María Elena vista desde el aire tiene la forma de la bandera del Reino Unido, todas sus principales calles convergen en la plaza de armas, alrededor de ella se encontraban las principales instituciones de esta oficina salitrera: La llamada Escuela Consolidada, lugar donde estudiamos desde primero a cuarto medio, más adelante contaré alguna de las miles de anécdotas que allí ocurrieron, El Teatro Metro, mitad cine y mitad teatro, construido por la Metro Golden Meyer e inaugurado el 7 de febrero de 1948, inolvidable serán aquellas películas de matiné que no duraban más allá de 45 minutos, era tal su deterioro y las malas condiciones del film que muchas veces ni final tenían o simplemente no se entendía la trama por la serie de cortes que tenía la película. El sindicato, lugar que la señora Rosa Ocayo generosamente nos prestaba para ensayar algunas actividades de la escuela. La pulpería, famosa por traer artículos de primera calidad a nivel mundial, era algo parecido a lo que hoy conocemos como supermercado. El mercado, donde un grupo de locatarios se agrupaban para vender variados productos, aquí se encontraba la famosa chilenita, negocio tipo mini market, al lado una ferretería, la única de la oficina hasta hace algún tiempo, la librería, la botica, local de apuestas (polla gol), reparaciones de artículos electrónicos, etc… lo más parecido a lo que hoy conocemos como mall. La emisora de radio y la biblioteca, ambas compartían la misma edificación, largas tardes pasábamos ahí buscando material para nuestras tareas sin siquiera imaginar que años más tarde nuestros hijos harían lo mismo desde un computador recurriendo al copy paste del gran amigo Google. La plaza tenía en su centro un odeón donde cada domingo, o en fechas importantes, el recordado maestro Guardia nos deleitaba junto a sus músicos con esas inolvidables melodías que hacían más placentero el medio día y a quienes pululaban por la plaza, la misma que cada 8 de diciembre se convierte en circuito obligado para quienes profesan la fe católica.
Había otros lugares muy atractivos para los que éramos chicos, el sector de las piscinas (lugar transformado para este fin después de ser tinas de secado de material salitrero), era un lugar de ensueño, acá se jugaba el waterpolo, las familias compartían tardes enteras junto a sus hijos bañándose bajo el intenso sol. La entretención para los mayores estaba en lugares como el club de obreros, empleados y de supervisores, donde se ofrecían fiestas llamadas bailes, según los entendidos las realizadas en el club de empleados eran las mejores. Los ranchos eran salas de cerveza donde se consumían los famosos metros cuadrados de pilsener (las mesas medían un metro por un metro) y los buques, donde mujeres provenientes de otras ciudades venían a ofrecer sus servicios sexuales para los días de suple y pago.
Cada año se realizaba la fiesta de la primavera donde participaban no sólo los habitantes de María Elena, sino también personas de las oficinas salitreras cercanas como Coya Sur, Vergara y Pedro de Valdivia, aunque eran actividades muy entretenidas, muchas veces terminaba en descomunales riñas a causa del excesivo fanatismo de cada agrupación participante en contra de los resultados obtenidos. Ya en la década de los 80 se crean las olimpíadas de verano, fiesta que viene a reemplazar a la de la primavera pero esta vez sólo participaban los habitantes de María Elena. Todas las fechas trascendentes como el 21 de mayo y el 18 de septiembre, se realizaban desfiles, donde participaban; La escuela desde primero a cuarto medio, Scout, Defensa Civil, Bomberos y el esperado e infaltable Cuadro Blanco, agrupación conformada por trabajadores de Soquimich, que tenían una banda de guerra, una instrumental, marinos y un grupo de gimnastas que, después del desfile, presentaban sus acrobacias siendo las más espectaculares los saltos realizados por un aro de fuego, generalmente lucían más cuando se desfilaba de noche. El deporte fue una de las actividades más destacadas de este campamento, desde la escuela se inculcaba el interés por los deportes y su competitividad ya sea a niveles escolares, como amateur, o de federaciones. El futbol, básquetbol, voleibol, beisbol, boxeo, waterpolo, criquet, rayuela, entre otros, tuvieron días de gloria al tener representantes destacados a nivel nacional de cada disciplina. Los deportes fueron uno de los pilares fundamentales en la vida de cada pampino, sin ellos la vida en estas desérticas tierras hubiesen sido más duras. María Elena era un lugar ideal para crecer, tuvimos un patio de muchos kilómetros cuadrados que le llamábamos pampa, ahí jugamos a la pelota, al beisbol, a los exploradores, etc., tiempos hermosos que no volverán pero que sí se recordarán por siempre, allí pase mi niñez y adolescencia, de ella aprendí que un saludo no le hace mal a nadie, allí todos fuimos iguales ... a pesar de las diferencias económicas que los adultos de la época se empeñaban en hacer notar, todos éramos iguales, los mismos juegos, las mismas travesuras, el mismo colegio, hicimos cada locura que a algún loco se le ocurría, fueron años hermosos.
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